OBJETIVO :
Reconocer el enojo como parte de nuestro proceso de recuperación
Aprender a no llevar culpas innecesaria sino responsabilizarnos de nuestros actos
Una vez que salgamos de el impacto inicial de la pérdida de un ser amado, de esa conmoción emocional que vivimos, sentiremos el dolor intensamente y entonces saldrá nuestro enojo, estaremos enojados, furiosos, malhumorados durante cierto tiempo, nos enojaremos con nuestra familia, con nuestros amigos, hasta con Dios…., con el ser amado que perdimos, con el mundo entero, sentiremos ira contra todo el universo.
No nos damos cuenta que si nos enojamos con nuestra familia o amistades es porque sentimos en nuestro interior que como ellos no han perdido a su pareja no sienten este dolor, nos enojamos con Dios, porque sentimos que nuestra pérdida es injusta, con el ser amado porque es injusto que nos halla dejado cuando aún había tanto que podíamos disfrutar juntos, tanto por compartir, tanto que podíamos haber resuelto, nos enojamos, aunque en realidad es la frustración que sentimos la que origina este enojo, sin embargo no sentimos ningún alivio al contrario la presión que el enojo nos hace sentir nos agobia.
DISIMULAMOS EL ENOJO
Desde niños aprendimos a censurar nuestros sentimientos, nos enseñaron y eso sí, lo aprendimos muy bien que “la personas decentes, las damas, los niños y niñas bonitos no se enojan”, en pocas palabras nos enseñaron a bloquear nuestros sentimientos, a no sentir y aprendimos a disimular, y precisamente porque aprendimos a no sentir el enojo es que lo encerramos en nuestro interior lo ocultamos incluso para nosotros mismos, simultáneamente lo canalizamos a nuestra mente inconsciente, en consecuencia la ira se quedará allí, estará esperando salir y crear más problemas, el enojo negado o reprimido puede convertirse en amargura o autocompasión y ambas tienen consecuencias sumamente debilitantes, también el enojo contenido puede llevarnos a la depresión que es la ira vuelta hacia adentro.
Dentro de la sociedad de consumo en que vivimos se nos enseñó desde niños que toda pérdida se puede sustituir: por un juguete, un animalito, ropa, etc., nos decían no llores, después te compro otro, o no te preocupes, un clavo saca a otro clavo, como si todo formara parte e un mundo desechable, sólo que nosotros no somos clavos ni el ser amado que perdimos tampoco.
DEBEMOS APRENDER A SENTIR
Cuando no aprendimos a sentir las pérdidas desde pequeños, es probable que al vivirlo de adultos esto nos cause problemas, desde la infancia existen en nosotros dos miedos muy intensos, el miedo al abandono que como niños sentimos sobre todo el abandono de la madre lo que lleva a un niño al borde del pánico y el miedo a la separación de los padres lo que genera en el niño una ansiedad muy intensa, estos dos sentimientos están en nosotros como dormidos en el inconsciente y ahora resurgen y pueden intensificar nuestras emociones ante la pérdida de un ser querido y se crea un sentimiento de pánico y ansiedad que no comprendemos.
Si nosotros analizamos estos sentimientos desde este punto de vista, el terror y la ansiedad probablemente aminoren con una sana introspección, no es lo mismo vivir con precaución que con miedo, si a pesar de analizarlo de esta forma seguimos con esa angustia entonces será mejor buscar ayuda profesional para que podamos manejarla, porque a pesar de nuestros mecanismos de defensa nuestro yo interno sufre los agravios del abandono como si tuviéramos que recibir un castigo.
La relación con nuestro ser amado, generalmente fundamenta el núcleo de nuestra vida, determina en gran medida nuestra definición como personas, esa relación fue testigo de nuestros éxitos, testigo de momentos difíciles, sentimos que nos moldea, nos da forma, de esa relación surgen rasgos muy íntimos de cómo somos, que sentimos, como nos comportamos, etc., así que cuando perdemos a ese ser querido sentimos que perdemos la estructura esencial que ha dado significado a nuestra vida, el orgullo de nuestra existencia ha rodado por tierra.
Sin embargo este “castigo” a nuestro yo interno a medida que se ve dañado, emergerá nuestro “yo auténtico” y ese será más sólido, tendrá una fuerza unificadora más potente y nos ayudará a salir del trance que estamos pasando con mayor integridad, el proceso del duelo nos permitirá ser menos egoístas y nos convertirá en las personas que verdaderamente somos, sin embargo en los momentos de crisis, de dolor no podemos vislumbrar eso, la estructura misma de nuestra vida está dañada, en nuestro dolor y frustración damos palos de ciego contra todo y por nada, no sólo se ha desmoronado nuestro sistema de apoyo, nuestras creencias básicos han sido diezmadas, parece como si la casa se hubiera derrumbado y no queda donde guarecerse, nos quemamos con verdades ardientes, nos sentimos impotentes, nos damos cuenta que no todo puede ser reemplazado, no vamos a estar juntos para siempre, no todo estaba tan bien como yo quería creer.
Nos enfrentamos con dolor a nuestra verdad, nos sentimos reducidos a la mitad de un entero, que el futuro no será como lo esperábamos, que no envejeceremos juntos, QUE ESTAMOS REPENTINA Y TOTALMENTE SOLOS.
Experimentamos repentinos cambios de humor, de pronto estamos alegres y en seguida enojados, el enojo parece llegar d e todos lados, la mayor parte de nuestra ira proviene de la frustración que sentimos ante nosotros mismos, hemos perdido el control de la situación, las cosas se nos van de las mansos y no hay de donde asirse, una de las principales fuentes de la ira es que se nos obliga a cambiar y ese cambio lo sentimos como una amenaza, pocas cosas resultan tan amenazadoras como el rompimiento con las costumbres de toda una vida
NOS INVADE LA CULPA
Al ver perdido el dominio de nuestras vidas, el enojo aumenta más cada vez y entonces nos enojamos con nosotros mismos por sentirnos enojados y luego nos sentimos culpables por eso,, nos enojamos con nuestro ser querido porque ya no está aquí y con nosotros mismos por estar aquí, pero como sentimos que estamos siendo injustos al pensar así nos hundimos en la culpa, amamos y odiamos al mismo tiempo y volvemos a sentirnos culpables por haber odiado, nos culpamos de todo, y nos preguntamos ¿qué hice o que no hice?, la culpa no es otra cosa que nuestra rabia torcida, dolor autoinfligido, al culparnos nos estamos castigando nosotros mismos, nos culpamos y castigamos diciéndonos que no somos dignos de aprecio y trasladamos ese sentimiento que aprendimos desde niños a nuestra edad adulta pensando que porque hicimos algo mal, nos merecemos lo que estamos pasando, salen a la luz culpas que venimos cargando y que los sicólogos nombran como “no resultas”, por lo tanto en nuestra situación de duelo hacemos una transferencia de esas culpas a un sitio que no le corresponde la pérdida que estamos sufriendo, por eso en esa introspección es bueno buscar para no cargar culpas innecesarias, pues esto impide nuestro proceso de recuperación y puede inducirnos a pensamientos negativos que nos lleven a comportamientos destructivos.
Siempre conviene analizar y confrontar nuestros sentimientos de culpa, para no llevar cargando lo que no nos corresponde, un deslinde saludable ayudará mucho y así mejor cambiemos la palabra culpa por la palabra error y al pensar en nuestra situación actual pensemos no de que somos culpables sino en que me pude haber equivocado y responsabilizarnos sólo de nuestros errores no de los errores de otros, cuando aprendamos a soltar la culpa, cuando la descarguemos entonces sentiremos que empezamos a cargarnos de una nueva energía y dejaremos atrás el trance más doloroso de la pérdida, al desechar la culpa y el remordimiento lo peor habrá quedado atrás, donde dejaremos esos molestos compañeros en nuestro camino de recuperación que son verdaderos lastres para nuestro ser.
REFLEXIONES:
¿Puedes identificar en que etapa de tu duelo estás: en la negación, en la etapa de ira, del camino de regreso?
¿Si has superado estas primeras etapas de negación y enojo, puedes compartir tu experiencia de cómo las superaste?
¿Sientes que hay alguna circunstancia que te halla hecho volver a la etapa de ira, cuál y por qué?
LECTURAS BIBLICAS
ECLO. 11, 11-26 – PARA ANDAR SEGURO
JOB 19, 13-15 · 25-29
EFE. 4, 1-6
GAL. 4, 7-11
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